Victorias miserables

¿Has oído hablar de Pirro (318-272 a.C.), el famoso rey de Epiro, en la antigua ¿Grecia?

Se dice que cierto día Pirro estaba escuchando el sonido de dos flautas. Una dejaba oír una música alegre; la otra, una música sombría. Entonces uno de los músicos preguntó: —Su Majestad, ¿cuál de las dos ejecuciones le gusta más?
—Ninguna —respondió Pirro—. El sonido que más me gusta es el de las espadas al golpear una contra la otra. Y el de una flecha cuando sale disparada del arco.

Y es que a Pirro le gustaba la guerra. Tenía poder, fama y riquezas, pero su inquieto espíritu guerrero le impedía disfrutar de lo que tenía. Al igual que Alejandro Magno, quería someter el mundo entero bajo el poder de su espada.

Fue esa ambición la que lo motivó a atacar a Roma. Muchos intentaron desanimarlo, pero el testarudo rey no escuchó razones. Después de una furiosa batalla, al final del día la balanza se inclinó ligeramente en favor de Pirro, pero a un costo de vidas muy elevado para su ejército.

Se cuenta que mientras Pirro recorría el campo de batalla evaluando las pérdidas, uno de los soldados lo felicitó por la victoria. Entonces Pirro, con rostro sombrío, respondió: —Otra victoria como esta, mi amigo, y estamos arruinados.

Hoy nadie recuerda a Pirro por sus conquistas en el campo de batalla. En cambio lo recordamos por las «victorias pírricas»: las que se obtienen a un costo muy elevado.

Si algo nos enseña su experiencia es que debemos ser cuidadosos al seleccionar nuestras batallas. ¿A qué causas dedicarás tus talentos, tus recursos, tus energías? ¿Por qué no le pides a Dios que ponga en tu corazón un proyecto, un ministerio, que glorifique su nombre?

¡Tuyos son, Señor; la grandeza, el poden la gloria, el dominio y la majestad! 1 Crónicas 29:11.

Una segunda lección que aprendemos es que en la vida algunas conquistas pueden arruinar nuestro carácter. Si para poder graduarte tienes que hacer trampa en los exámenes; si para conquistar el amor de una persona debes recurrir al engaño; si para lograr el ascenso en tu trabajo tienes que calumniar a un colega; en cada caso estarás pagando un precio demasiado elevado: la contaminación de tu carácter y la deshonra al nombre de Dios.

Otros lo están haciendo, es verdad, pero con victorias como esas, mi amigo, mi amiga, ¡no me sorprenderá que terminen arruinados!

Capacítame, Señor, para pelear tus batallas, las que glorifiquen tu nombre, no el mío.

Fernando Zabala (“Dímelo de frente”)

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