La felicidad según Dios

Cierto día un joven estudiante y uno de sus profesores caminaban por un parque. En el trayecto, vieron un par de zapatos en la grama, junto a un abrigo. Razonaron que pertenecían a uno de los obreros de una industria cercana.

—¡Vamos a hacerle una broma al dueño de esos zapatos! —sugirió el joven—. Los esconderemos y veremos cómo reacciona cuando venga a buscarlos.

—No me parece una buena idea —dijo el profesor—. Te propongo algo mejor.

El rostro del joven expresó interés. ¿Qué podía tener en mente el profesor?

—Tú tienes recursos que él necesita. ¿Qué tal si colocas una moneda de valor en cada uno de sus zapatos? Luego nos esconderemos para ver cómo reacciona.

Así se hizo, y los dos hombres se escondieron. Entonces apareció el dueño del par de zapatos. El hombre se puso uno de los zapatos. Al sentir un objeto que le molestaba, se lo quitó, sacudió el calzado y vio caer un objeto a la grama. ¡Era una moneda! Miró alrededor por si había alguien, pero al no ver a nadie, se puso el otro zapato. De nuevo sintió algo duro. ¡Otra moneda! De inmediato, el hombre dio gracias a Dios.

En voz audible agradeció porque ese dinero serviría para alimentar a su familia en un momento difícil por el que estaban pasando. Mientras tanto, detrás de los arbustos, un jovencito aprendía que es mejor hacer el bien que hacer el mal (Stories for the Family’s Heart [Relatos para el corazón de la familia], pp. 115, 116).

«Quien quiera amar la vida y pasar días felices, cuide su lengua de hablar mal y sus labios de decir mentiras; aléjese del mal y haga el bien, busque la paz y sígala» (1Ped. 3:10,11).

Hoy es un buen día para aplicar esta receta: no hablemos mal de nadie, ni hagamos mal a nadie. Busquemos el bien y hagamos el bien. En eso, según Dios, consiste la felicidad.

 Tomado de meditaciones matinales: Dímelo de Frente (Fernando Zabala)
¡Compartir!
Suscríbete